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El conocimiento expatriado PDF Imprimir E-mail
Por Fernando Lema*
ImageDesde que el modelo productivo inaugurado, sin saberlo, por Hernandarias e impulsado por las potencias coloniales le atribuyó a las naciones colonizadas el papel de productores de materias primas y tocó fondo a mediados del siglo XX, Uruguay no dejó de exportar a su gente, con grados de especialización cada vez mayores. Se revirtió aquella imagen de país receptor de inmigrantes, que duró desde los primeros colonos hasta 1950 y construyó los andamios de una sociedad solidaria, pujante e innovadora, para transformarse en un modelo en crisis de identidad, expulsor de los más jóvenes y los más calificados.

 Hasta que soplaron nuevos vientos de independencia, por convicción, pero sobre todo por necesidad de supervivencia, no se creyó necesario incorporar el valor del conocimiento a las materias primas exportadas a mercados lejanos, cuyos precios escapan al control del productor y generan en la economía procesos cíclicos de graves consecuencias sociales.

La complejidad de los procesos de globalización económica, la difusión masiva de las tecnologías de la información y de la comunicación, la simplificación para acceder a métodos y procedimientos científicos y tecnológicos que multiplican y estabilizan el valor de las materias primas pero a su vez generan nuevas oportunidades de comercio internacional, mejoran la calidad de vida e incorporan las dimensiones ambientales en la dinámica social, contribuyeron a generar conciencia sobre la necesidad de transformar el modelo productivo nacional y su inserción en el mundo.

Sin lugar a dudas el país se encuentra en un nuevo camino de programación estatal, de organización de su sistema científico, tecnológico e industrial, de importantes inversiones que incorporan conocimiento técnico, de alternativas innovadoras y el surgimiento de nuevos sectores productivos, proceso cuyos resultados comienzan a hacerse visibles pero tendrán un inmenso impacto transformador en los próximos decenios. Estos cambios han permitido tomar conciencia de la importante dimensión estratégica que tiene el conocimiento, las migraciones profesionales nacionales pero sobre todo de la urgente necesidad de generar una sociedad más equitativa, participativa, con una riqueza mejor aprovechada y distribuida, con una educación mejor adaptada a los nuevos tiempos, para que los jóvenes no emigren, se integren y propongan un nuevo modelo de desarrollo y una nueva identidad, donde sea muy valioso permanecer en el país y confiar en su futuro, construyéndolo. Sin embargo para consolidar ese modelo deben proyectarse los ejes de crecimiento hacia los futuros posibles y conocer los recursos materiales y humanos existentes en el país, los necesarios, los disponibles fuera de fronteras, para programar con los menores márgenes de aleatoriedad los escenarios de las políticas de Estado.

La Agencia Nacional de Investigación e Innovación, que por iniciativa del Gabinete Ministerial de la Innovación elabora el Plan Estratégico Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, se encuentra en el eje de ese proceso articulador de presentes y futuros y ha encomendado recientemente un estudio sobre los recursos humanos calificados residentes fuera del país y establecer mecanismos que permitan obtener su contribución al desarrollo nacional. Los datos preliminares muestran que el país dispone fuera de fronteras un número similar de científicos que el que desarrolla actividades en el país. Frente al desafío de construir un nuevo futuro nacional todos los ciudadanos son imprescindibles, más aun cuando los recursos disponibles fuera del país duplican las competencias nacionales.

Esta es una inmensa tarea que reúne a los sectores del Estado cuyo objetivo es mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos. Resultaría demasiado simple explicar este proceso complejo desde la linealidad del crecimiento económico, porque se está construyendo un nuevo país cuyo eje central está en su gente. La grave crisis del liberalismo económico y sus consecuencias sobre la organización futura del capitalismo quizás nos ayuden a comprender que lo esencial para la sociedad humana no es la búsqueda de vectores de crecimiento continuo.

El factor determinante para la existencia de las sociedades probablemente sea la identificación de estados transitorios de equilibrio entre los componentes del ambiente, de la sociedad, para procesar mejor los datos de la realidad, su lectura compleja, el intercambio y la transferencia de conocimientos, para así transitar de un estado de equilibrio a otro, creciendo de otra manera, por estadios del conocimiento, por niveles de sabiduría, desde una nueva visión cultural que no dependa exclusivamente de los tiempos o las variables de la economía sino que sea capaz de medir el bienestar y la felicidad de la gente.

* Director de cooperación Codicen-ANEP.
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